viernes, 27 de octubre de 2023

Sevilla, capital universal del vandalismo



En la mañana de ayer los sevillanos encontraban que en uno de los muros del paseo del Guadalquivir, el que mira al Puente de Triana, se había realizado una pintada con la leyenda Palestina libre, la que puede verse en la imagen.

En cuestión de horas, el Ayuntamiento anunciaba un urgentísimo zafarrancho de limpieza, un comando de diligencia inusitada, contra lo que consideraba un "despreciable acto vandálico" que "destrozaba la imagen de Sevilla". Además, advertía de que "se van a endurecer las medidas" contra "ese tipo de actos".

A los lectores que no sean sevillanos les falta parte de la información para comprender el contexto. Para empezar, Sevilla no es solo ese maravilloso decorado en el que han convertido el centro histórico de la ciudad. Más allá de ese parque temático para turistas de intramuros, esa zona repleta de hoteles de lujo, gastrobares exquisitos y espectáculos enlatados de flamenco, existe toda una periferia en la que viven los sevillanos.

Porque vivir en el centro, lo que se dice vivir o pasar más tiempo de su vida, quienes en realidad lo hacen son los sevillanos camareros y camareras, o las kellys, las que limpian los incontables hoteles, que trabajan en jornadas maratonianas. 

Esos son los sevillanos que más tiempo pasan en el centro, a excepción claro está de los que tengan la suerte de vivir en ese entorno, bien porque son los privilegiados que se benefician de ese modelo de ciudad o bien porque han tenido la suerte de heredar una vivienda en esa zona, inasequible para mortales.

Sepan que más allá de ese entorno idílico de color especial, toros, duende y cofradías, existe una infinidad de barriadas donde las personas se apiñan compartiendo piso porque los "pequeños tenedores" (los poseedores de hasta 10 viviendas) pueden especular legalmente con el precio del alquiler hasta volverlo inaccesible hasta para una persona con empleo decente, como ocurre en todas las ciudades españolas. 

Barriadas enteras en las que se va la luz y se quedan a dos velas durante horas y horas, mientras los responsables les explican que no hay dinero para comprar generadores nuevos.

Plazoletas y grupos de viviendas en donde a los sevillanos les come la mierda, las pintadas son parte del paisaje, los árboles se caen cuando sopla viento fuerte o se inundan las calles en la lluvia por las alcantarillas mal conservadas. 

No en vano Sevilla destaca en las listas nacionales y europeas de los barrios más pobres y dejados de las manos de dios. Ahí sí que estamos en la champions y vamos como una moto.

Por tanto, si las pintadas son "vandalismo" y en la mayor parte de la ciudad cunde el destrozo de las paredes y la suciedad, ¿se podría decir que Sevilla posee el dudoso honor de ser capital universal del vandalismo?

Seamos sinceros. Lo que molesta tantísimo a nuestros señores y señoras gerentes del gobierno de la ciudad no es que esa pintada se haga en un sitio turístico, lo que molesta es que se haga en apoyo del pueblo palestino.

Y alguno dirá qué tiene que ver Palestina. Les explico. Esos gerentes del consistorio no son más que los administradores, a nivel local, de ese modelo de ciudad que beneficia a unos pocos privilegiados. Un modelo que fue adquirido al asociarnos económica y políticamente a la Unión Europea, organismo internacional que determinó que nosotros, los españoles, debíamos desmontar nuestras industrias y dedicarnos al turismo.

Esa Unión Europea es la sucursal en nuestro continente de los intereses de las grandes empresas de los Estados Unidos, así como de sus aliados, Reino Unido, Francia o Alemania. Esto es, todos esos países que andan enfrascados en santa cruzada contra Rusia y, por supuesto, alineada con los amigos de EEUU como Israel.

Sí, esas grandes empresas que están relacionadas con nuestras maravillosas compañías energéticas, nuestros cada vez más ricos bancos o nuestras ecosostenibilísimas empresas constructoras.

Así que a esos gestores de los intereses de unos pocos les parece intolerable y vandálico que un turista norteamericano, inglés, francés o alemán, se pasee por el parque temático del centro de Sevilla y vengan a fastidiarle con el recuerdo del genocidio de los palestinos.

Esa es la realidad. Cabría preguntarse si con los más de dieciséis mil millones de euros (16.000.000.000 €) que el Gobierno lleva empleados en gasto militar extra en el año 2023 no se habría podido dedicar una partida a adecentar los barrios populares, o a abrir las líneas cerradas de los colegios públicos, o ampliar los abarrotados centros de salud, e incluso comprar generadores eléctricos nuevos. 

Para nuestros gobernantes de los zafarranchos de la limpieza moral no es así. A nuestros gobernantes les encantaría que los ciudadanos no hiciésemos manifestaciones en solidaridad con Palestina, ni que se luciesen banderas de ese país en los estadios de fútbol, ni se pintasen las paredes. 

Pero no se puede tapar el sol con un dedo, señores gobernantes, ni ponerle puertas al campo. La inmensa mayoría de la sociedad y en especial las clases más populares están contra sus guerras, contra el despilfarro infame en armamento para echar leña al fuego de conflictos que los españoles no hemos buscado ni nos interesan.

Viva la lucha de la clase obrera.
Viva la solidaridad internacional.
Viva Palestina libre.

lunes, 23 de octubre de 2023

La trampa anticomunista de la diversidad


 

Vivimos tiempos muy oscuros, en los que el imperialismo norteamericano, en su declive, no va a dudar en arrastrar consigo todo lo que encuentre. En su disputa por la hegemonía, necesitan carne de cañón que acuda al "frente oriental" de la batalla por el relato desprovista de cualquier capacidad de razonar. 

Para ello, el pensamiento se reduce cada vez más a etiquetas o atribuciones, con una simpleza alarmante. Y esto, que se diría es más conveniente para la derecha, en cambio se ha homogeneizado de manera indistinta también a la supuesta izquierda.

De ese modo, desde posiciones teóricamente izquierdistas, encontramos a quienes no se posicionan con Palestina porque consideran que defenderse contra décadas de agresión imperialista es violencia y terrorismo, o que esa violencia es masculina y por tanto la hay en ambas partes, encontramos que la pregunta qué es una mujer puede convertir en transfóbico, discrepar de los independentismos lleva a ser un rojipardo, criticar la sumisión de la UE a la OTAN identifica como putinista, cuestionar las medidas para la ecosostenibilidad lleva a ser señalado como negacionista, y así podríamos seguir indefinidamente en multitud de ejemplos de esas etiquetas.

¿Por qué fomentamos esta simplificación del pensamiento? ¿Por qué caer desde la supuesta izquierda en ese reduccionismo? Creo tener una posible explicación.

La trampa de la trampa de la diversidad.

Podría pensarse que, en lo que se refiere a cuestiones políticas que afectan directamente a nuestras vidas, bastaría una sola experiencia para aprender. Nada de eso, los tropiezos en la misma piedra son por desgracia recurrentes.

Hace poco, el ensayo político más leído en España fue La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé (Akal, 2018). Recuerdo que entre los militantes y gentes de izquierdas fue frecuente su recomendación y el paso de mano en mano de ejemplares. Una lectura amena y repleta de sorprendentes ejemplos de la actualidad.

La tesis central del ensayo podría resumirse en unas palabras de su prologuista, Pascual Serrano: "el gran invento de la diversidad es convertir nuestra individualidad en aparente lucha política, activismo social y movilización. La bandera deja de ser colectiva para ser expresión de diversidad, diversidad hasta el límite, es decir, individualidad".

Esto es, en estas últimas décadas la ideología de la izquierda se había trivializado hasta difuminarla en luchas identitarias y activismos muy específicos que acaban diluyendo a la propia izquierda.

A la izquierda, progresistas españoles cuestionando el derecho a defenderse del pueblo palestino desde argumentos como la igualdad o la paz. A la derecha, el autor de La trampa de la diversidad elogia, una vez más, a Joe Maravilloso Biden.

Sin embargo, apenas unos años después de su publicación, la izquierda parece empeñada en tropezar una y otra vez en la misma trampa. Así, el Gobierno "más progresista de la historia" ha ejecutado -y ejecutará- todas las políticas de recortes exigidas por la UE, hasta empobrecer a la población a niveles de otras épocas, e incluso nos ha llevado a formar parte de la guerra de la OTAN contra Rusia y todo el aparato de sanciones y distanciamientos contra China o cualquier país no sometido a la alianza occidental.

Es más, hoy participa del genocidio en Gaza como parte alineada con EEUU mientras realiza declaraciones solidarias de cara a la galería.

Ese retroceso de la izquierda parlamentaria, ahora convertida en remedo moderno del PSOE, se produce además con todos los ingredientes descritos en el mencionado ensayo: priorizar la defensa de las libertades identitarias a la lucha de clases, alusión a lugares comunes y desclasados como "el diálogo" y "la esperanza", políticas personalistas y de espectáculo, la "amenaza de totalitarismos" que justifican el gasto en miles de millones en armamento, etc.

¿Cómo fue posible que los seguidores de las tesis de esa trampa de la diversidad cayeran de nuevo en la trampa? ¿Se trata de una trampa tan sutil o sofisticada que es imposible evitarla?

La trampa de la homogeneidad.

La aparente diversidad o atomización de las luchas identitarias, fragmentadas en miles de etiquetas, contiene en su núcleo una homogeneidad estructural, un denominador común igual para todas ellas: su profundo anticomunismo.

Todas estas visiones alternativas son diversas pero, casualmente, coinciden en un mismo punto, el desdén/ignorancia/tergiversación premeditada del materialismo dialéctico, del socialismo científico.

La única pero poderosísima arma que posee la clase trabajadora es la unidad. Con ella pudo transformar un país del tamaño de un continente, antes atrasado y analfabeto, en el más avanzado tecnológicamente, o llevar a una pequeña islita a ser un referente mundial en atención sanitaria pese a estar bloqueada por un enorme imperio.

Para lograr esa unidad necesita un análisis correcto, el materialismo, que ponga en evidencia a la clase oprimida y a la explotadora, y los mecanismos económicos que sustentan esa sociedad. Y necesita una lógica que observe la totalidad de cada situación, la dialéctica, que nos haga entender que esas clases sociales son antagónicas e irreconciliables, y plantear una estrategia firme, sólida, bajo el control de la clase llamada a ser el conductor de los procesos revolucionarios: las mujeres y hombres de la clase trabajadora.

Pero ocurre que esto que parece tan sencillo de describir en un par de parrafadas, es bastante complejo de llevar a la práctica, pues la fuerza de la ideología dominante es enorme. 

Esta ideología, la que defiende los intereses de la clase dominante, es tan poderosa que puede mantener a pueblos enteros obnubilados con debates aparentemente transgresores, MacGuffins, artimañas variadas, e incluso convencer a millones de personas para que defiendan hasta las últimas consecuencias intereses absolutamente adversos a los de su clase.

Pero entonces, ¿por qué esa insistencia en caer y difundir la trampa? 

Sospecho una sencilla razón. Esa lógica, la dialéctica, conduce a pensar que aquel cambio revolucionario no puede producirse de manera amistosa y dialogada, a través por ejemplo de "políticas útiles" financiadas por la UE; ni puede ser un proceso en cómodos plazos de cortesías y talantes, de manera que algunos puedan permanecer en su pequeña zona de confort burguesa.

Por eso, aunque se comprenda la incoherencia, su solución se demora o se disfraza con nuevos atuendos, cada vez más creativos, así como quien, obstinado en una costumbre dañina, se auto convence con las razones más peculiares.

Se esfuerzan en evitar, como en el juego del tabú, la infinidad de explicaciones en las que Marx, Lenin y todos sus seguidores desmontaron a los reformistas y socialistas moralizantes. Bien porque esto les parezca "totalitario" o de poca "utilidad política" o "gris" o cualquiera de las excusas que podemos encontrar en el entorno del mundillo progresista.

¿Hasta qué grado de miseria y opresión tendremos que soportar para comprender que lo totalitario, lo gris y lo autoritario es vivir en el capitalismo?