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lunes, 11 de enero de 2021

Sobre la correlación de fuerzas

Imagen de un video difundido por Podemos en el que se explica el motivo por el cual no se ha podido evitar la subida en la factura de la luz pese a ser parte del Gobierno y ostentar carteras ministeriales.


Leemos estos días en las redes y artículos la expresión correlación de fuerzas en referencia a la escandalosa subida del precio de la luz y la capacidad del Gobierno para gestionar este asunto.

El uso actual de esta expresión ha desvalorizado su sentido de tal modo que se evidencia el grado de fetichización de la participación en los parlamentos e instituciones democráticas dentro del sistema en que vivimos. 

Es llamativo que en España hemos pasado de un estado de desinterés político tras la crisis económica de 2008, en la que eran frecuentes las llamadas a no votar y a considerar igual de ineficientes a todos los partidos y a todos los políticos, a un estado de hiperinterés mediático en el que la política se ha convertido en tema de conversación e incluso objetivo de rating televisivo en las horas de más audiencia. Pero siempre limitando la política al aspecto electoral, a los diferentes parlamentos, en especial como es lógico al Congreso de los Diputados, y todo ello en forma de un relato de personajes, de actores, a quienes entregamos todo el peso político.

Es decir, el fetiche consistiría en la política vaciada de su contenido social y rellenado con la abundancia mediática de referencias a los actores parlamentarios y sus vicisitudes dentro de los procesos electorales y las diferentes instituciones representativas.

El grado de fetichismo es tan elevado que hoy día, más que nunca, tener un mayor o menor número de votos supone la medida de eficacia y de éxito, tanto a nivel nacional en los comicios generales como a nivel local, en ayuntamientos, partidos o asociaciones. Tener representación en los diferentes parlamentos y consistorios supone la diferencia entre existir o no existir, tener recursos económicos y mediáticos o no tenerlos, ser alguien o ser un don nadie.

Se dice, por ejemplo, "la correlación de fuerzas de tal o cual personaje político (no sólo en España) es desfavorable, por tanto pocas eran sus posibilidades", en referencia al número de escaños o representantes que posee en la cámara correspondiente. Se trata de un uso limitado y mermado del concepto que en mi opinión favorece más a las posiciones reaccionarias que a las de la izquierda.

La referencia al concepto de correlación de fuerzas es común en los análisis políticos de coyuntura. Dentro del marxismo el concepto adquiere una dimensión superior y que abarca todos los aspectos sociales en su conjunto, en especial en Lenin y en Gramsci.


Correlación de fuerzas en el marxismo.

"Para comprender una situación política y conducir correctamente al movimiento revolucionario se debe comenzar por pasar revista, con la mayor exactitud y tan serenamente como sea posible, a las fuerzas que se enfrentan. ¿Cuáles son esas fuerzas? ¿Cómo están agrupadas unas contra otras? ¿Qué posiciones ocupan en el presente? ¿Cómo actúan?". Este razonamiento hace Lenin y así lo refleja la divulgadora marxista Marta Harnecker en el texto Estrategia y Táctica, cuya lectura puede consultarse aquí

La visión marxista supone de entrada una perspectiva de clase. La correlación de fuerzas políticas es el reflejo de la situación en la que se encuentren las fuerzas sociales, es decir, el contexto político y de relaciones mutuas en el que están inmersas las diferentes clases sociales. 

Para ello, aunque parezca de Perogrullo decirlo (no tanto hoy día) es condición indispensable entender el mundo en que vivimos como un conjunto de clases sociales, y que estas clases sociales son antagónicas, es decir, sus intereses son opuestos y están enfrentados en una suerte de vasos comunicantes: para acrecentar el interés de una clase social es necesario disminuir el de la otra. Como digo esto es mucho suponer en las izquierdas actuales, pero desde la visión marxista es una cuestión insoslayable.

Desde la visión leninista, la difícil tarea de evaluar la correlación de fuerzas sociales le correspondería a una vanguardia política, de cuya capacidad para analizar la situación depende el éxito de la táctica que se emplee. Esta tarea de análisis, tan compleja como decimos, es la que determinaría en la práctica el posicionamiento del conservador que no ve la oportunidad de avanzar y se queda estancado y, en el lado opuesto, la del izquierdista osado que se apresura a dar pasos en el aire y se la pega.

La noción que tratamos por tanto comprende el aspecto social: de la correlación de clases se infiere cuál será la correlación de fuerzas, que en definitiva es la proporción de fuerzas existente entre los enemigos de clase y las fuerzas que posean los revolucionarios en una determinada coyuntura para lograr algún avance social.

Observemos que el modo de afrontar el asunto es similar a un planteamiento bélico. La exposición no es exagerada: en el tema, por ejemplo, con el que se inicia esta entrada, el del precio de la luz, la cuestión puede suponer la diferencia entre poner o no la calefacción en una ola de frío para una familia, o sufrir cortes de luz en un centro médico en el que los pacientes realizan un tratamiento. Es decir, no es desmesurado tratarlo como una guerra cuando están en juego vidas humanas.

Gramsci no se queda corto en el planteamiento agresivo y lo considera una cuestión maquiavélica (de Notas sobre Maquiavelo se extrae el estudio Análisis de las situaciones, relaciones de fuerzas, que puedes consultar aquí). Antonio Gramsci observa que en la cuestión de la hegemonía política hay que tener en cuenta el problema de las relaciones entre estructura y superestructura para hacer un análisis correcto de las fuerzas que operan en un determinado momento.

"Los fenómenos de coyuntura -comenta el pensador italiano- dependen también de movimientos orgánicos, que se pueden llamar de coyuntura, pero su significado no es de gran importancia histórica; dan lugar a una crítica política mezquina, cotidiana, que se dirige a los pequeños grupos dirigentes y a las personalidades que tienen la responsabilidad inmediata del poder".

Más adelante, también Gramsci: "se lee con frecuencia la expresión ´relaciones de fuerza favorables o desfavorables a tal o cual tendencia´. Planteada así, en abstracto, esta fórmula no explica nada o casi nada, porque no se hace más que repetir el hecho que debe explicarse presentándolo una vez como hecho y otra como ley abstracta o como explicación".


En definitiva, la excesiva importancia que se concede a la participación parlamentaria (si nos parece demasiado tildarlo de fetichismo) hace que veamos la cuestión de la correlación de fuerzas de manera limitada y circunscrita al plano parlamentario y electoral. 

Pero ¿cuál es el grado de conciencia de los trabajadores? ¿Cuál es su grado de organización en sindicatos, partidos o asociaciones? ¿Qué referentes políticos tienen a su alcance para tomar conciencia?¿Emplean esos referentes políticos su cargo electoral como altavoz para difundir la ideología que defiende los intereses de clase?

La realidad observada desde la perspectiva materialista y dialéctica,  desde la perspectiva correcta, nos lleva a aumentar la lupa hasta el plano social. Aumentamos el diafragma e incluimos también en la imagen la cuestión de las fuerzas sociales, no sólo la cuestión política o económica, también la ideológica. No olvidemos que la panorámica social que toman los comicios electorales, aunque es un buen termómetro, no deja de ser la visión del sentido común, esto es, de la ideología dominante en ese determinado momento.





martes, 28 de enero de 2020

Instrucciones para la unidad popular

1. Instrucciones para la unidad popular *


Akira Kurosawa es autor de una gran cantidad de películas inolvidables. Entre ellas, de una de mis películas preferidas de todos los tiempos, Los siete samuráis. Dicen los expertos que fue referente para muchos otros grandes directores tras Kurosawa. Se hizo un conocido remake con Yul Brynner, Los siete magníficos, con aquella estupenda melodía de Elmer Bernstein. Incluso para el espectador no experto, se aprecia al ver la cinta del genial Kurosawa que se trata de una de esas películas que son universales, trascienden el lugar y el momento y se desarrollan en un lenguaje que es puramente humano. 


El actor Toshiro Mifune en un momento de la película, que se usó para hacer el cartel original (foto Toho Co.Ltd)


Los siete samuráis cuenta una historia bastante peculiar. Un poblado de campesinos en el Japón medieval vive una existencia miserable, a su pobreza se une el pavor de estar permanentemente expuestos a los bandidos. Cuando es época de siembra, una horda de ladrones armados saquea el pueblo, quitándoles lo único que poseen, que es el fruto del trabajo que pueden realizar con sus manos.

Agotados y al límite del suicidio, los campesinos deciden organizarse y contratar a un grupo de samuráis que les defienda de los bandidos. Sin embargo, sólo cuentan para ello con el pago de tres comidas de arroz al día.

El carismático Kanbei, representado por el actor Takashi Shimura, el líder del grupo, simboliza la figura del guerrero viejo y sabio que, aún vencido siempre, se levanta y vuelve a la batalla con dignidad.

Pese a las dificultades, logran reclutar a siete samuráis, cuya motivación para defender a los campesinos supera el interés económico y se extiende a los ideales de las causas justas, el honor o la solidaridad.

En cierta forma, una lectura de Los siete samuráis nos presenta una metáfora del pueblo abandonado (en la primera escena los campesinos se plantean pedir ayuda a las autoridades, pero lo rechazan porque saben que es inútil) y del valor que se necesita para organizarse y defender sus intereses. Los siete representan a una especie de vanguardia de los miserables que, por poseer una cualificación de estrategia y una dosis superior de valor (en el fondo los samuráis no dejan de ser espadachines al servicio de un señor, esto es, sólo cuentan para vivir con el trabajo que puedan desempeñar, -en este caso ronin desempleados- al igual que los campesinos), toman el papel de indicar el camino al resto.

La táctica del frente unido
Cuántas veces hemos tenido con los amigos la típica conversación que, tras sulfurarnos por las condiciones lamentables en que vivimos los trabajadores, no acabamos exclamando "no entiendo por qué la gente no sale a la calle a quemarlo todo". Evidenciamos en esos momentos la poderosa fuerza de la ideología dominante, que nos mantiene adormecidos en una especie de mátrix que exprime a los humildes como ganado. 

Una de las maniobras que los reaccionarios utilizan históricamente para hacer perdurar su dominación es la argucia de mantenernos divididos. Conscientes de la fuerza que posee el pueblo cuando está unido (recordemos la máxima con la que finaliza el Manifiesto, proletarios de todos los países, uníos), la clase dominante difunde el individualismo como forma de vida. Ese pensamiento se incrusta en la mente de los trabajadores y estos caen en un conformismo mezcla de incredulidad y egoísmo.

Como reacción al individualismo capitalista (y a la división en innumerables corrientes a la que es proclive la izquierda), surgen las tácticas del Frente Unido en el marco de la III Internacional, la Internacional Comunista. En ella toman relevancia muchos de los términos que aún hoy escuchamos en nuestras asambleas: la distinción entre luchas transitorias (tácticas) y el objetivo a largo plazo (estrategia), la creación de hegemonía dentro de un bloque diverso, la correlación de fuerzas, etc. 

Georgi Dimitrov, secretario general de la Internacional Comunista y teórico del Frente Único y de la lucha contra el fascismo

Merece una entrada más seria y profunda en este blog (que se hará en una segunda parte) analizar la estrategia leninista del frente único y sus manifestaciones históricas, en especial algunas tan cercanas a nosotros como el Frente Popular de España de Pepe Díaz o el Frente Popular Chileno en los años 30 y su posterior versión ganadora electoral en los 70 con Salvador Allende.

Ingredientes de la unidad popular hoy día

Suena un poco obvio (son por desgracia tiempos de señalar lo obvio), pero el propósito de la unidad popular supone, entre otros, la participación de ciertos ingredientes necesarios. Uno de ellos, evidentemente, es la voluntad de crear alianzas. 

1. Formar alianzas o coaliciones, sabemos por experiencia, es más sencillo de decir que de hacer, en la práctica implica una penosa tarea. No obstante, como se suele decir, no hay nada que una más que la presencia de un enemigo común. El avance de la extrema derecha en España (siendo más concretos, del fascismo) debería servir como eje cohesionador de todas las sensibilidades que mantengan al menos un denominador común en, por ejemplo, la defensa de los derechos mínimos de los trabajadores, la defensa de lo público o el rechazo a las políticas austericidas y basadas en el control del gasto social por parte de los poderes económicos con intereses en España. 

Este repunte del fascismo (que no olvidemos no deja de ser la cara más desencarnada del capitalismo) puede estar motivado por la llegada de una próxima agudización de la crisis capitalista, que necesitará de la violencia en sus diversas manifestaciones para permitir el paso a la nueva vuelta de tuerca que requiere el capital -nuevas presiones a la clase trabajadora- y seguir así obteniendo beneficio.

La identificación del fascismo debería actuar, por tanto, como pegamento de esa unidad. Sin embargo (insisto en la obviedad) para ello es necesario que el fascismo sea identificado. En la actualidad, el centro del espectro  o abanico ideológico se encuentra tan desplazado a la derecha que hasta popularmente las posiciones moderadas o centristas son coincidentes con posiciones de extrema derecha. 

Recientemente, en un programa de TV, la popular presentadora Mariló Montero se escandalizaba de que existiera una lucha antifascista. 

¿Y por qué cuesta a cierto sector de la población reconocer al fascismo? Pues porque para ello es preciso cierto nivel de información que provenga de su ideología opuesta, la que defiende los intereses de la clase trabajadora (e insistiendo en la obviedad, a su vez eso requiere el reconocimiento de la existencia de la clase trabajadora y el antagonismo entre clases). En ausencia de una ideología clara y rotunda, o bien sustituida por una especie de buenismo con fe en la posibilidad de reformar el sistema desde dentro o, en el mejor de los casos, sustituida por un socialismo no científico sino utópico, la ideología dominante carece de competidor

2. Aparece aquí el segundo ingrediente necesario de la unidad popular. El desarrollo de un programa mínimo, de combate, que una a las distintas fuerzas en un proyecto concreto frente a ese avance de los sectores más reaccionarios. 

La creación de ese programa plantea una táctica clara, basada en el análisis concreto de la realidad concreta, de unión en ese propósito transitorio, que a la vez permite la autonomía de los diferentes actores que formen parte de esa unidad.  

Está claro que pese a la buena fe de los participantes en la coalición, todos querrán resultar vencedores en la hegemonía dentro de ella. Mediante el pacto a través de unas cuantas propuestas en un programa, se mantiene el acuerdo de realizar algunos avances concretos. De ese modo se reduce la posibilidad de que, como suele suceder en las coaliciones puramente electorales actuales, los partidos más cercanos ideológicamente a la clase dominante acaben utilizando a los otros partidos. 

Pepe Díaz, histórico dirigente del PCE: "Y yo os pregunto, ¿hay alguien que titulándose antifascista pueda estar en contra de este programa tan sencillo?" 

3. Faltaría un ingrediente muy concreto. Conociendo la enorme influencia y el extraordinario aparato con el que los capitalistas sostienen su maquinaria ideológica, ¿es posible confiar el futuro de la unidad popular a la espontaneidad de las masas? Si de algo nos ha servido la enseñanza de Lenin es para saber que no existe práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria. Inevitablemente es precisa la participación de una vanguardia que oriente el camino de la unidad popular. 

Los comunistas no forman un partido aparte de los demás partidos obreros --recordemos el Manifiesto--, se distinguen en que saben diferenciar los intereses de la clase trabajadora. Ese papel de faro sólo puede ser representado por las “fracciones más resueltas de los partidos obreros”, que supongan una guía firme e imperturbable ante los ataques que recibirá por parte de los reaccionarios ese frente popular. 

Volvemos a lo obvio. Para que haya vanguardia es necesario que exista una voluntad de desarrollar toda una cultura de clase, que analice la realidad desde la praxis y sepa avanzar en las contradicciones. Una vanguardia materialista y dialéctica, en definitiva. Es el único modo de que fuese vanguardia en su cualidad de revolucionaria, esto es, con intención de transformar y no de hacer meras reformas.

En palabras de Gramsci, por concluir: Centralización quiere decir especialmente que en cualquier situación, (...) todos los miembros del Partido, se hallen en situación de orientarse, de saber extraer de la realidad los elementos para establecer una orientación, a fin de que la clase obrera no se desmoralice sino que sienta que es guiada y que puede aún luchar. La preparación ideológica de la masa es, por consiguiente, una necesidad de la lucha revolucionaria, es una de las condiciones indispensables para la victoria.




* Obviamente es un título muy pretencioso para la capacidad de este blog, es un título ideado con la intención de llamar la atención y con referencias cortazarianas,  pero si con ello se logra captar el interés de algún lector con sensibilidad de izquierdas y hacerle pensar sobre el sentido de la unidad popular, pues esa es la intención. 


Añado enlaces de interés sobre el tema: