Indefensión aprendida. Cómo la disidencia controlada domestica a la clase obrera
"No nos enfrentamos al mundo en actitud doctrinaria. No le decimos al mundo: termina con tus luchas, pues son estúpidas, nosotros te daremos las verdaderas consignas de lucha. Nos limitamos a mostrarle al mundo por qué está luchando en verdad, y la conciencia es algo que tendrá que asimilar, aunque no quiera". Carta de Marx a Ruge, sept. 1843.
Es sabido que el ciclo político inaugurado en el 2014, lejos de amenazar los cimientos del bipartidismo, terminó por estabilizarlo. La indignación popular fue hábilmente encauzada y surgieron nuevos partidos como Podemos y Vox, caballos de posta de PSOE y PP.
El retroceso ideológico y el desastre organizativo han sido brutales. Las sucesivas plataformas inventadas para que los llamados “actores del cambio” saltaran de lista en lista sólo empeoraron el panorama y fueron perfectamente funcionales a los intereses neoliberales.
Para los que resistimos y seguimos creyendo en la organización aparte de esta tragicomedia de bien pagados, sabemos que el esfuerzo de crear un referente para la independencia política de la clase trabajadora, en la tesitura actual, es propio de un trabajo de Hércules y digno de un laberinto para el que Ariadna se quedaría sin hilo.
A los inconvenientes de la falta de recursos, de sedes, de tiempo, de todo, se añade otro componente no material, o psicológico. Es aquella sensación de derrotismo que nos embarga cuando, fatigados, pensamos que tal vez es cierto aquello de que no hay alternativa. Que entre lo posible y lo necesario, que antaño dijera Marcelino, nos hemos de quedar con el actual sí se puede al que se le cayó la tilde.
Pero no porque se reconozca la superioridad teórica del There is no alternative, ni mucho menos por asumir las bondades del neoliberalismo (que no resiste la crítica de cualquiera que tenga dos dedos de frente), sino por agotamiento ante el siniestro total que ha dejado tras de sí este periodo lúgubre de wokismo.
Este fenómeno trasciende lo individual y se convierte en una patología política colectiva que evoca la "indefensión aprendida" descrita por el psicólogo Martin Seligman. Al igual que el elefante domesticado que ya no intenta romper la cuerda que lo ata a una simple silla, la clase trabajadora parece haber interiorizado que no existe alternativa. Este conformismo es el sumatorio histórico de las traiciones del reformismo y el repliegue estratégico hacia el malmenorismo vigente.
¿Por qué el pueblo, cuya unidad es una fuerza sólo comparable a las de la naturaleza, es tan reacio a movilizarse y se queda atado a la disidencia controlada de los partidos autopercibidos como izquierda?
Como es lógico, al sistema le interesa no solo tolerar esa pasividad, sino fomentarla activamente. El entorno OTAN, en su fase de declive hegemónico, intensifica su beligerancia hasta la barbarie (Palestina, Siria, Ucrania, Venezuela). En las colonias como España, los súbditos necesitan un refuerzo del sometimiento, para suavizar la aceptación de los recortes y el rearme. Por ello nuestro Estado, servilmente gestionado por PSOE y satélites, intensifica el discurso de la "no alternativa". Pretende hacernos creer que no hay vida más allá de la sumisión al bloque occidental.
Con ello, la impotencia en la clase trabajadora está servida. La autopercibida izquierda” muestra una contradicción vergonzosa, denuncia el genocidio en Gaza y las guerras, pero no rompe con la financiación europea ni con su referente bipartidista yanqui. Asumen un papel de gestores del malestar, no de antagonistas del orden geopolítico. Negocian ERTEs o subidas salariales ínfimas, pero no cuestionan la pertenencia a la OTAN ni el papel de España como plataforma logística vendida a fondos de inversión. Se justifican en los "errores" del voto obrero, en la escasa representación. Eso enseña al trabajador que las denuncias tienen un techo y generan cinismo.
Sólo cuando el agua llega al cuello (ante un desahucio, un despido, una grave injusticia), aparecen brotes de protesta. Y a esos brotes acuden raudos los agentes comerciales del malmenorismo.
Estos visitadores de la disidencia controlada son expertos en canalizar el malestar. Se personan en los conflictos con la tarjeta de presentación de ser rostros conocidos, son diputados, concejales, portavoces vistos en la pantalla.
Los afectados se sienten aliviados de que se les acerquen personajes ilustres, y celebran con algarabía que su protesta aparezca unos minutos en un informativo local, que se mencione en Público, en Spanish Revolution, o en el mismísimo Canal Red.
Esa cooptación no es casual, es la forma que toma la integración de la protesta en sistemas de partidos que no amenazan el orden. Si tienen suerte, lograrán detener temporalmente un desahucio, considerar improcedente un despido o alguna otra medida paliativa. Pero dentro del marco de Bruselas el gran capital tiene todas las de ganar, antes o después. El mensaje que cala es claro: organizarse localmente no sirve para cambiar nada estructural.
La izquierda institucional, los sindicatos mayoritarios y los medios afines son máquinas de gestionar la impotencia, no de superarla.
Pero entonces, ¿hay alternativa?
En ello nos encontramos muchos desde hace años, en la lucha de crear nueva organización, pese a las dificultades. El materialismo dialéctico no permite rendirse, las contradicciones siguen abiertas y son cada vez más evidentes.
Desaprender esta impotencia requiere aceptar que la organización no vendrá de las estructuras existentes. Es preciso crearla desde cero, regresando a los fundamentos, desatando a la masa popular de la atadura invisible. La razón está de nuestro lado. Hay mucho mundo más allá de la miseria a la que nos condena el atlantismo. Un mundo cambiante y esperanzador, que debemos organizar para que el gigante imperialista deje de aplastar pueblos en su caída.
